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Juan de la Cruz Calienes


Nació el 24 de noviembre de 1799 en el  barrio de San Lázaro. Fueron sus padres Felipe Fernández Calienes, natural del reino de Aragón en España, y Josefa Olazábal Ramírez, nacida en esta ciudad. Muy tierno tuvo todavía la desgracia de perder a su padre. Después de realizar los primeros estudios, sintiéndose llamado por Dios, y ansioso de seguir las huellas de San Francisco, a la edad de 17 años ingresó al Convento de La Recoleta, donde tomó el hábito de manos del virtuoso padre Felipe Villar, guardián a la sazón de aquel famoso cenobio.


Terminado el año de noviciado y emitida su profesión religiosa, pasó al Convento de San Francisco, para seguir los estudios superiores de la carrera eclesiástica. Durante ellos dio sin dudas a conocer su clara inteligencia y su vivo amor a la ciencia, pues al poco tiempo de ordenarse de sacerdote en 1826, los superiores del Convento lo nombraron maestro de estudiantes. Desde este momento, dice Francisco Benavente Flores, se destaca el hábil maestro, y comienza su labor educativa.

Lector de Filosofía en el Colegio de San Francisco, por concurso que ganó en 1830, desempeña también con brillante éxito el puesto de profesor de Matemáticas. En 1832 se gradúa de doctor en Teología en la Universidad de San Agustín, título que la Junta Departamental le hace otorgar como galardón a las brillantes pruebas rendidas por sus alumnos de Filosofía y Matemáticas; y finalmente, en 1833 es nombrado Regente de estudios del Colegio de San Francisco de Asís.

El 19 de abril de 1817 tomó el hábito en La Recoleta de san Francisco, de manos del Guardián P. Felipe Vilar, y al cumplir el año de su noviciado, 20 de abril de 1817, emitió los votos de religioso profeso en manos del P. Sebastián Belenguer. Fueron sus maestros de noviciado los PP. Pedro Muñiz y José María de la Torre. Uno de los compañeros con los que convivió más tiempo y más estrechamente fue Fr. Juan de Dios Begazo; tanto uno como otro, al preguntarles acerca de su destino, contestaron que profesaban para la Observancia, por lo que a los pocos días pasó al convento de la Recoleta de la ciudad de Arequipa (Arroyo 1951:.476).. En este tiempo se instruye en las constituciones de la orden, en la liturgia, el canto llano y el salterio. Sus biógrafos enfatizan los grandes valores de su personalidad, "entre los cuales descollaron la dulzura de carácter, la humildad y la mansedumbre".

Conocemos el mundo recoletano en que Calienes vivió como novicio por una visita practicada por el arcediano de la catedral de Arequipa, Francisco Xavier Echevarría, el 6 de mayo de 1822, y en la que no salen muy bien parados los religiosos de la Recoleta por el abandono en que se hallaba postrada la sacristía. Lo mismo sucede con la librería, viéndose obligado el visitador a amonestar al guardián P. Fray Hipólito Quadros a que cuidase con esmero de la Biblioteca; al efecto, le recuerda las penas máximas de excomunión del Papa Pío V para quien robase un libro, se insta a clasificar los libros con mejor método y que, para evitar la pérdida, se anote siempre en un recibo que se saca un libro; debido a la obscuridad de la sala, se ordena se abra una ventana en la bóveda de la pieza y se le ponga una reja de hierro para mayor seguridad.

Tales observaciones coinciden sustancialmente con el escrutinio dado por los religiosos el 10 de mayo de 1823. El P. Fr. Juan de Dios Gómez, vicario de casa, dijo que las celdas estaban ruinosas y necesitaban componerse. "Que el Noviciado necesitaba de refacción y evitar la muchísima humedad con que está inundado por la cercanía a la acequia". El P. Monfaraz dijo que en lo material necesitaba mucha reforma por falta de celdas y aseo en las oficinas comunes; que la sacristía estaba desmantelada en los altares y ornamentos, pues no se ha puesto ninguno en más de once años desde que murió el P. Cáceres; los enfermos no tienen asistencia ni medicina; propone como guardián al P. Guillén "por desinteresado y afecto a los pobres".

Encargado de la dirección de dicho plantel, operó en él una reforma radical y completa. El sistema de enseñanza, la disciplina y la economía, todo empezó a ser nuevo. Tal es el parecer del historiador Mariano Ambrosio Cateriano. En efecto, lo primero que hizo fue ampliar los estudios dando impulso a la enseñanza de Matemáticas por las cuales sintió una gran afición, estableciendo cinco facultades en lugar de dos que hasta entonces existían y dando mayor vigor a los estudios de Latinidad y Humanidades.

Reformó los métodos de enseñanza, haciendo que guardasen consonancia con la época; introdujo notables innovaciones en la disciplina, haciéndola más humana; hizo mejoras notables en el local del Colegio, dotándolo de un hermoso salón de exámenes a usanza de aquella época; creó y organizó el Archivo; llevado por su anhelo de dar las mayores facilidades posibles a la juventud, adquirió una imprenta en la cual trabajaban los mismos alumnos y se imprimían los programas y textos de enseñanza, que él mismo preparaba. De esta manera el Colegio de San Francisco llegó a tener la amplitud y vuelo de una Universidad.

Como se ha dicho, las matemáticas eran su fuerte, tanto que llegó a inventar el verticalímetro, instrumento aplicado, según su autor, a la medida de los ángulos.

Manuel Huanqui describirá el verticalímetro, a pedido del biógrafo de Calienes, M.A. Cateriano:

"Fue un instrumento inventado o ideado por él para medir los ángulos rectilíneos, cuya construcción, recordando la figura que existía traza en la forma o testero del antiguo general del colegio de N.S.P. San Francisco, era de un semicírculo graduado y dos anteojos, uno horizontal y otro vertical movible. Empeñado el R.Dr. Calienes en medir los ángulos por líneas homólogas o rectas, esto es sin emplear los arcos del círculo, afirmaba que con el verticalímetro, que a su concepto era de construcción demasiado sencilla, se conseguía ese objeto"

Otro instrumento parecido, el gonógrafo, también fue ideado por él. Describía ángulos y trazaba figuras sobre el terreno. 

Pero tampoco le eran ajenas las demás materias, por lo que oficiaba de profesor en cada una de ellas, hasta que se preparaba el que debería sucederle, generalmente uno de sus propios alumnos. Así surgieron eminentes maestros como Miguel Wenceslao Garaycochea, Mariano Lorenzo Bedoya, José Manuel Barríonuevo y José Manuel Maldonado, entre otros.

Fue guardián del Convento de San Francisco en 1848, nombrado por el obispo José Sebastián de Goyeneche y Barreda, sin dejar por eso la dirección del Colegio, y de este modo tuvo que atender simultáneamente a la múltiple preocupación de superior del Convento y a las recargadas labores de regente. Sin embargo, para todo se dio tiempo este hombre, verdaderamente infatigable.
En el mismo año, el Colegio de San Francisco fue declarado público, gracias a las gestiones de su director. Tres años más tarde, conseguirá, además, que sea declarado Colegio Nacional por Ley del Congreso del 24 de noviembre de 1851.

Fue socio de número de la Academia Lauretana, consiliario de la Universidad y su Secretario en 1852; el obispo lo nombró examinador diocesano y teólogo consultor. Formó también parte, por designación de la Prefectura, de varias comisiones de beneficencia, ya de bien público.

Al terminar el cargo de Superior del Convento de San Francisco, sintiendo hondamente quebrantada su salud y deseoso de dar una tregua a sus afanes, se retiró al Convento de La Recoleta en busca de salud y de descanso, pero no fue así porque al poco tiempo lo eligieron guardián de este convento, y en 1865 fue presentado por el Congreso para desempeñar el cargo de obispo de esta Diócesis.

Fue a Lima a consagrarse ya muy enfermo, y lo consagró el arzobispo José Sebastián de Goyeneche, el 24 de agosto de 1865. Como padrino actuó el Presidente de la República, Juan Antonio Pezet, representado en su Ministro de Culto, Doctor Zárate.

Volvió a su ciudad los primeros días de febrero de 1866. Tras unos días de necesario descanso en su amada Recoleta, tuvo lugar la entrada solemne como nuevo obispo. "De este modo (dice José Antonio Benito Rodríguez) fue conducido a la Catedral en silla de manos para bendecir a su pueblo".

Falleció el 26 de julio de 1866, a las dos de la tarde. Arequipeño ilustre, fue sepultado el 30 del mismo mes en el templo de La Recoleta.


El poeta arequipeño, César Atahualpa Rodríguez, valorará con exactitud y belleza la obra pedagógica de nuestro protagonista Calienes, en su Canto a Arequipa de 1918:



"Aquí los frailes humildes dieron ciencia y dieron luz,

ardiendo en cívicas ansias que les agitó las sienes;

por eso el Deán Valdivia me parece un arcabuz

y un Ateneo el cerebro del mendicante Calienes..."


En su Ofrenda Cívica el excelente poeta mistiano C.A. Rodríguez alude nuevamente a nuestro Prelado al decir de él:

 "pululación fosfórica en Calienes ardiendo en humanidad".

De él dijo su contemporáneo y célebre Deán Valdivia, al hablar del Colegio "San Francisco", en sus "Fragmentos para la historia de Arequipa":

"Hoy se conserva el estudio por los esfuerzos que ha hecho como veinte años el actual Regente Calienes, religioso de admirable constancia para la educación".





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